Turno5

CAPÍTULO V – El pueblo que se suicida unido, permanece unido

Pulgar irrumpió a toda prisa en puente de mando. Le habían comunicado que Madelaf se había desplomado repentinamente. Allí la encontró, inconsciente y tendida sobre el suelo. Se agachó, dejo el maletín a sus pies y dio unas palmadas junto a la oreja de la paciente fingiendo nosequé prueba médica.

-¡Ohhhh! Está mal, pero que muy mal. Mucho me temo que hay que amputar -afirmó el doctor.

-¡Pues amputemos el dedo! -Gritó Serenere a su espalda.

Le colocó una soga al cuello y dio órdenes a sus idunnomates para que tirasen con fuerza. En un momento, los simpáticos alienígenas alzaron a Pulgar a dos metros de altura con su horca improvisada.

-¡Socorro, sacadme de aquí! - Suplicó Pulgar tratando de quitarse la cuerda.

Madelaf se reincorporó con una sonrisa pícara y extrajo una pistola de pintura de su bolsillo. Con ella disparó sobre el rostro del doctor maquillándolo como a un payaso.

-Qué guapo estás quedando -dijo la vigilante.

Tajuru apareció en aquel instante con varios palos. Los repartió entre sus compañeros y anunció:

-¡Empieza la piñata! ¡Hic, hic, hic!

Y así fue como aporrearon a Pulgar sin piedad hasta dejarlo irreconocible. Al menos cayeron de su cuerpo un montón de golosinas y chuches que hicieron las delicias de todos… especialmente de los dentistas.

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Nalibia salió de la capilla intentando tratando de encontrar a alguien que le pudiera ayudar a quitarse el cubo de la cabeza, pero en el espacio nadie podía escuchar sus gritos. Cegada como estaba, terminó introduciéndose en la morgue y cayendo sobre una tumba abierta. Allí dejó de respirar… por iniciativa propia. Vaya peste a fiambre. :enf:

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Antares había encargado una rica cena en el planeta Ternerunia; un rico cachopo de brontolienígena tamaño XXXXXXL.

-Encargo para Antares –vociferó Agus cargando con un tupper enorme.

-¡Oh! ¡Qué bien! Mi cena –se relamió aplaudiendo intensamente.

Agus dejó el recipiente en la mesa de merendolas que Antares se había hecho instalar en su observatorio. Allí se sentó el místico abrir su pedido. El aroma era maravilloso.

-¡Mmmmmmmmmmm! –Se relamió.

Cortó un buen pedazo y lo devoró a dos carrillos. Al principio masticó con ansia, pero enseguida le cambió la cara. Aquello no sabía a brontolienígena. Era, era…

-¡Coliflor hervida! ¡Arrrgggggg!

Y el pobre Antares se derrumbó sobre su mesa.

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